Pasado

 
En Marquina, poblado que sólo se dedica a la agricultura, nos vimos de una vez trasladados en medio de la tierra y de las costumbres genuinamente vizcaynas. Una casualidad nos procuró la detención allí un par de días y recorrí con frecuencia los campos y ensayé el entenderme con los labradores. Lo conseguí bastante bien, menos por mi conocimiento del idioma, que por su incansable paciencia, con que venían en mi ayuda, con la más visible expresión de alegría de que yo me fatigase por su lengua y costumbres, siempre mostrando a la vez que nombrando los objetos, de que yo hablaba. ... Como los patrimonios son pequeños, su cultivo solo ocupa al labrador, a pesar del múltiple trabajo, una parte del año. En el resto ejercen muchos un oficio, y no pocos se dispersan como carpinteros en la región circunvecina. Si bien los campesinos vascongados no puede decirse que sean ricos, viven, sin embargo, en su mayoría muy bien. Como ellos mismos me dijeron en Marquina, comen todos los mediodías carne, beben por la tarde siempre vino y también su almuerzo es abundante. Yo presencié una vez un almuerzo de familia. El amo, sus dos hijos, el criado y un jornalero se sentaron en la heredad alrededor de un plato con pan cortado y tostado con grasa; además tenían tortilla de huevos y buen pan de trigo, pues el de maíz es un alimento peor y más pobre. La mujer estaba de pie detrás de ellos y solamente miraba, porque ya había comido en casa. Después de la comida unció el jornalero sus bueyes al arado de cuatro puntas, y la mujer sembró maíz detrás. Los jornaleros tienen aquí a veces sus propios bueyes, pues ellos también tienen heredad propia. Trabajando con éstos cobraban aquí además del almuerzo, y pan y vino por la tarde 10 reales por día, 15 gruesos de oro, sin bueyes la mitad. Una mujer cobraba todo el alimento y 1 real, 1 grueso y 6 peniques en oro, así que el jornal es bastante caro en relación al país. Muy cuidadosamente se informaron estos labradores de la proximidad de la paz; tiene para ellos el interés inmediato de que entonces los pescados, de que necesitan para sus días de vigilia, pueden obtenerlos en mayor cantidad y más baratos. Adentro en el país, como aquí y en un poblado, que viviendo en absoluto de la labranza, solo se distingue por su tamaño y su bienestar de las aldeas ordinarias, ve el forastero, y en comparación con otros países en verdad no sin admiración, con qué completa igualdad se tratan, sobre todo en esta parte del país vascongado, la persona de distinción y la de constitución humilde, el pobre y el rico. Más de una vez nos acaeció que se nos mostrase en un grupo de personas, vestidas todas de igual manera y muy corriente, a uno de familia muy conocida, o a un título de Castilla. Pero cuán útil es la presencia de los ricos entre sus convecinos, aunque a primera vista solo parezcan llevar una vida ociosa y sin ocupación, lo muestra también la ilustración extendida entre el pueblo. Así p. ej. es, particularmente en los alrededores de Marquina, la vacunación de las viruelas tan común, que hasta algunos inquilinos de la montaña la verifican ellos mismos en sus niños. La difusión de la misma se debe principalmente al celo incansable del padre del entonces diputado general de Vizcaya D. José María Murga, un hombre ilustrado y esclarecido, que ya por esto y por la educación que ha dado a su hijo, señalado por múltiples conocimientos y administración hábil, en la mayor parte únicamente bajo su propia inspección, demuestra suficientemente, cuán bien hechor puede resultar a un país y a una nación un círculo de acción en apariencia pequeño, tranquilamente cumplido. Recientemente se ha empezado también a ensayar las vacunas preventivas. El Sr. D. Lope de Mazarredo en Bilbao, sobrino del conocido almirante, ha traducido uno de los mejores escritos aparecidos en París acerca de este asunto y ha hecho vacunar primero a su hija. A él le han seguido otros en Bilbao y otros pueblos p. ej. en Azpeitia. ... Antes de dejar Marquina debo mencionar todavía un singular capricho de la naturaleza. En un sitio, llamado Arrechinaga, hay tres peñascos muy grandes " todo ello podrá ser de unos 40-50 pies de alto " dos apoyados sobre su lado estrecho, y arriba enormemente anchos, en alguna distancias uno de otro, y un tercero muy grande y pesado descansando sobre ellos, de modo que amenazan derrumbarse a cada momento, y solo parecen sostenerse por su equilibración. En otro tiempo se podía pasar por debajo del de arriba; pero como se calificó la cosa de milagro, se ha edificado un altar en medio y una capilla de S. Miguel. Se ha tenido hasta el atrevimiento, por no caber más que dos diáconos ante el altar, de hacer saltar un gran trozo de uno de los peñascos, para hacer sitio para el tercero. También el pueblo pica continuamente todavía trozos, a los que atribuye una virtud milagrosa y curativa.